Grecia y Europa en el atolladero - CARLOS STENERI

Después de maratónicas reuniones, finalmente la segunda refinanciación de la deuda griega fue aprobada por las autoridades de la Troika integrada por la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Su estructura básica se apoya en un programa de 130.000 millones de euros, cuyo componente fundamental es una rebaja nominal de su deuda soberana del 53,5 por ciento y por parte de las autoridades griegas la instrumentación de una serie de ajustes fiscales y de reformas estructurales con el objetivo de lograr un superávit primario (antes del pago de intereses) del 4,5 por ciento para el 2014. En grado menor la Unión Europea y el FMI harían aportes, aún no bien definidos los de cada institución, pero que no superarían los 30.000 millones de euros.
 
Toda esta batería de medidas apunta a restaurar el crecimiento de la economía griega, estabilizar su relación deuda/producto bruto en 120% para al año 2020, y lograr como fin último su permanencia en el marco de la Unión Europea.
El desguace de lo acontecido y sus resultados más probables no permiten ser optimista sobre el futuro. Quizás, aunque ahora se lo niegue, esta es otra refinanciación que corre la arruga pero que no resuelve los temas de fondo, tanto en Grecia como en el funcionamiento del propio espacio europeo. 

DESAFÍOS GRIEGOS. Como muestra la experiencia, el resultado final de las reestructuras de deuda depende fundamentalmente del comportamiento de la tasa de crecimiento y la evolución del tipo de cambio real. El programa en curso propone, y necesita, llevar su tasa de crecimiento a un nivel superior al 2,5 por ciento anual a partir del 2014, (-1,5 por ciento en 2012) para hacer descender los niveles actuales de endeudamiento al 120 por ciento del producto. Para ello se necesita aumentar su competitividad. Eso implica la difícil alternativa de mejorar su tipo de cambio real mediante una devaluación doméstica, sucedáneo de una devaluación nominal vedada, por su pertenencia al euro. Pero devaluación doméstica implica rebaja nominal del gasto corriente, en particular sueldos y pensiones. Y en el caso de Grecia, se requiere una rebaja estimada del 30 por ciento. La dimensión política de una acción de esa envergadura de índole permanente, hasta tanto la economía despegue con vigor, pone en jaque a cualquier administración.
Aun suponiendo que las autoridades griegas puedan soportar la presión de tal política, la reestructura de la deuda implica necesariamente que no podrá acceder a los mercados de capital voluntarios por el resto de la década. El sector privado estará renuente a refinanciarla, ya que la nueva deuda será subordinada (junior) a los créditos otorgados por los organismos de la Unidad Europea y el FMI.
En definitiva, el financiamiento de su balanza de pagos dependerá de los aportes comunitarios o el FMI en sumas que van hasta los 130 mil millones de euros durante el lapso 2012-2017. 


 
Pero el golpe de gracia a la viabilidad del programa, lo ha dado un documento que analiza la sostenibilidad de su deuda y los riesgos inherentes filtrado por el Financial Times y preparado, con toda seguridad, dado su estilo y redacción, por el FMI.
Desde el arranque señala que el programa tiene un fuerte sesgo hacia la inviabilidad por razones diversas. Una sola frase de por sí es elocuente. "Las autoridades griegas puede que no sean capaces de instrumentar las reformas estructurales necesarias y los ajustes de política proyectados en el programa", para continuar señalando que si la economía griega solo crece a una tasa del 1,5 por ciento anual la relación deuda producto en el 2020 será del 160 por ciento y requerirá más recursos. Por otro lado, la recapitalización de los bancos griegos, proyectada inicialmente en 30.000 millones de euros, en realidad asciende a 50.000 millones de euros, dado los supuestos optimistas utilizados.
La realidad es que la economía griega ha resuelto, para algunos parcialmente, sus problemas actuales de financiamiento de la balanza de pagos. Pero una mirada hacia el futuro muestra que las proyecciones de financiamiento de su sector privado para crecer necesitan de recursos equivalentes al 5 por ciento del producto. Y sobre quién lo bancará no hay explicación coherente. La inversión directa o crédito externo no dirán presente; las privatizaciones, si tienen lugar, serán de poca monta, y el ahorro doméstico es insuficiente.
Por tanto estaríamos en presencia de un programa diseñado mirando el espejo retrovisor.
Pero la verdadera pregunta es saber la alternativa. Muy probablemente la economía europea se sumergiría en episodios de cesaciones de pagos desorganizadas, que irradiarían contagio y harían inmanejable la situación.
De todas formas, el caso griego, bien o mal resuelto, es solo un paso que antecede al de otros países como Portugal o Irlanda, por no hablar de España, que también necesitan de ajustes y programas de ayuda para reencauzar su crecimiento.
POLÍTICA COMUNITARIA. Sin quererlo, la Unidad Europea en la resolución de su crisis reciente fue llevada a formas inéditas de actuar que derivaron en una impronta de hacer política supranacional. Esa postura, justificada en la preservación del espacio comunitario, interfirió directa o indirectamente en la política doméstica alterando ciclos políticos, propiciando el cambio de primeros ministros o gobiernos, y culminando con Grecia. En este caso, no tan solo hubo cambio de autoridades, sino que la Unidad Europea le impone a los gobiernos el cumplimiento de acciones previas a cumplir antes de fin de mes para aprobarle el programa, y además la instalación de un grupo para monitorear el cumplimiento del programa que enmarca la refinanciación.
Sin duda todos estos aspectos confluyen en un estado de tensiones inéditas desde que tuvo vida la Unión Europea a partir del Tratado de Roma de 1957, y cuyas consecuencias políticas, que las habrá, aún es prematuro aquilatar. Hay ya quienes dicen que algunos recelan del liderazgo natural que adquirió Alemania, pero que todos lo aceptan a cuenta de que necesitan sus recursos y su vigor como imagen de la gran Europa.
También corresponde recordar que el Tratado de Maastrich, que dio lugar a la Unión Monetaria fue aprobado en Francia por referéndum con un magro 50,9 por ciento y en otros países como el Reino Unido o Dinamarca rechazado. Al respecto, candidatos presidenciales socialistas como el francés, con altas probabilidades de ganar las elecciones, ya han anunciado que someterán a consulta popular cambios propuestos referidos a otorgarle control supranacional a la política fiscal. Su argumento es que juega en contra del crecimiento y el empleo.
Si eso es así, de ahora en más se corre el riesgo de que haya una asociación entre "desiguales", donde el espacio europeo estará encaramado sobre la impronta económica y política de un país líder y algún aliado inmediato. El resto funcionará como una periferia sujeta a reglas, cuyo incentivo de pertenencia es evitar los riesgos de vivir a la intemperie en un continente sumamente balcanizado, pero cada cual tratando de encontrar la flexibilidad posible para acomodar su realidad macroeconómica.
En definitiva, una fuente permanente de incubar crisis e irradiar inestabilidad a nivel global.
CONCLUSIÓN. Sin duda, el programa ha descomprimido la situación europea pero no ha despejado los riesgos.
Se ha entrado en una nueva fase, donde programas como el recientemente aprobado para Grecia, requerirán de ajustes permanentes tensionando las relaciones intraeuropeas.
Eso modificará el funcionamiento de la Unión Europea, lo cual a pensar de lo que se diga, habrá algún país tentado de buscar una salida al cerrojo que le aplica la Unidad Monetaria y por ende su pertenencia al euro.

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